Así como enseñar a nuestros amigos los perros a hacer sus necesidades en la calle, o prohibirles que las hagan en determinadas zonas vetadas para ello exigirá de nosotros algo de tiempo y paciencia, con los gatos sucede todo lo contrario.

Hay una característica felina que se convertirá en nuestra mejor aliada a la hora de enseñar a nuestro gato a utilizar el arenero: su obsesión con la higiene, y más concretamente con la higiene propia. El gato está constantemente acicalándose, lamiéndose las patitas y pasándolas por aquellas zonas que él considera que necesitan limpiarse, como si de una esponja se tratara. De ahí que, a la vez que se asean, puedan ingerir grandes cantidades de pelo.

Cualquier gato tratará de ocultar sus heces, y no te sorprenda si un par de días después de que tu gatito haya entrado en tu casa descubres alguna caquita detrás de una cortina o debajo de la cama. Todos, sin excepción, tratarán de esconderlas. Por eso, en cuanto le enseñes que existe un lugar blandito en el que, además, puede enterrar y esconder fácilmente sus caquitas, lo usará encantado prácticamente desde el primer día. Eso sí, deberá estar alejado de donde come y bebe y, por supuesto, debemos ocuparnos de que el arenero está limpio; es decir, tenemos que quitar las caquitas con regularidad, pues si no lo hacemos, el arenero se convertirá en un lugar sucio en el que nuestro gato no querrá hacer sus necesidades.

Sobre el tipo de arena a utilizar, nosotros aconsejamos la arena aglomerante, pues se compacta con la orina formando bloques que se cogen con facilidad y se retiran del arenero, de esta manera no tendrás que limpiar cada poco el recipiente. Además, viene perfumada y puedes usarla para múltiples gatos. No obstante, como gatos que son, ellos decidirán si la arena elegida les gusta o no, así que casi con toda seguridad tendrás que probar, pues son muy selectivos también en eso.

 

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